bisturí de la crítica aguda.
El marxismo poseía un objetivo y es consciente de su ambición constructiva (incluso si esta se reduce meramente a la creación de un despotismo de las finanzas mundiales judías); sin embargo, a pesar de ello, se entregó a una crítica demoledora durante siete años enteros. Entonces comenzó su llamada «labor constructiva». Esto era perfectamente correcto, natural y lógico.
Una teoría del mundo es intolerante y no se contenta con ser un Partido entre otros Partidos; insiste en el reconocimiento exclusivo y persistente de sí misma y en una concepción absolutamente nueva de toda la vida pública de acuerdo con sus puntos de vista.
Así, no puede tolerar la continuidad de una fuerza que represente las condiciones anteriores.
Lo mismo ocurre con las religiones. El cristianismo no se contentó con erigir meramente su propio altar; se vio obligado a proceder a destruir los altares de los paganos. Semejante intolerancia fanática hizo posible por sí sola la construcción de ese credo diamantino; es una condición absolutamente esencial para su existencia.
Los partidos políticos están siempre dispuestos a transigir; las teorías del mundo jamás lo están. Los partidos políticos regatean con sus oponentes; las teorías del mundo proclaman que ellas mismas son infalibles.
Incluso los partidos políticos casi siempre abrigan al principio la esperanza de elevarse a una autoridad despótica; casi siempre contienen algún pequeño vestigio de una teoría del mundo. Pero la pobreza de su programa los despoja del heroísmo que exige una teoría del mundo. Su disposición a conciliar atrae hacia ellos a los espíritus mezquinos y débiles, con los que no se puede llevar a cabo ninguna cruzada.