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Capítulo II: El Estado

Debemos tener en cuenta que si de una nación se ha extraído una cierta suma de alta energía y eficiencia, y esta aparece unida en un solo objetivo y se ha segregado finalmente de la inercia de las masas, este pequeño porcentaje, ipso facto, se eleva para convertirse en amo del resto.

La historia del mundo la hacen las minorías, dado que ellas han incorporado en sí mismas la mayor parte de la fuerza de voluntad y de la determinación de la nación.

Por consiguiente, lo que a muchos parece una desventaja es en realidad la condición necesaria de nuestra victoria.

En la grandeza y dificultad de nuestra tarea radica la probabilidad de que solo los mejores combatientes se unan a nosotros en la lucha. La garantía del éxito reside en la selección de los mejores entre los mejores.

Toda suerte de mestizaje conduce antes o después a la decadencia del producto híbrido, siempre y cuando la parte superior de los cruzados permanezca unida en su pureza racial. Es solo cuando el último vestigio de la unidad racial superior se bastardiza que el producto híbrido deja de estar en peligro de extinción.

Pero debe sentarse una base *58 M I LUCHA de un proceso natural, aunque lento, de regeneración, que expulse gradualmente el veneno racial, dado que aún exista un tronco base de pureza racial y se detenga el proceso de bastardización.

Es el primer deber de un Estado nacional elevar el matrimonio de su condición de oprobio perpetuo para la raza y consagrarlo como una institución llamada a reproducir la imagen del Señor, y no a seres monstruosos, mitad hombre, mitad mono.

Protestas contra esto por motivos supuestamente humanitarios sientan mal a una época que permite a cualquier degenerado corrupto

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