Ya debería empezar a amanecer en la mente de nuestros estúpidos políticos burgueses que por lo que tenemos que luchar ahora no es por el «poderío marítimo». Incluso antes de la guerra era una insensatez agotar nuestra fuerza nacional para tales objetivos sin asegurar antes nuestra posición en Europa. Una aspiración de ese tipo es una de esas estupideces que en política se denominan crímenes.
Debo mencionar una afición en particular que el judío practicaba con singular destreza en los últimos años:
Tirol del Sur.
¡Sí, el Tirol del Sur!
Deseo declarar que fui uno de aquellos que, en la época en que se decidía el destino del Tirol del Sur —es decir, desde agosto de 1914 hasta noviembre de 1918—, fueron allí donde ese país era defendido en la práctica, es decir, al Ejército. Luché durante todo ese periodo, no para que el Tirol del Sur se perdiera, sino para que este, así como cualquier otra región alemana, fuera preservado para la Patria. Pues el Tirol del Sur, naturalmente, no estaba garantizado para Alemania por los discursos mendaces e inflamatorios de los parlamentarios listillos en el Rathaus de Viena o en la Feldherrnhalle de Múnich, sino únicamente por los batallones en el frente de combate. Fueron estas personas que rompieron ese frente quienes traicionaron al Tirol del Sur, así como a todos los demás distritos alemanes.
Lo vergonzoso de todo ello es que los propios charlatanes no creen que se vaya a sacar nada en limpio de sus protestas. Ellos mismos saben muy bien lo inofensivos e inútiles que son sus chapuceros métodos. Solo lo hacen porque ahora es más fácil parlotear sobre la recuperación del Tirol del Sur de lo que en su día fue luchar por su conservación. Cada uno hace su parte; nosotros ofrecimos nuestra sangre por ello, y ahora esta gente afila sus narices con este asunto.