detenido, aquellos acontecimientos que, al ser siempre constantes como causas de decadencia en las naciones y en los Estados, poseen significado para nuestra época y ayudaron a fijar definitivamente los principios de mi pensamiento político.
Entre las instituciones que habrían podido indicar al ciudadano corriente, aun sin estar bendecido con una vista aguda, que la Monarquía se estaba desintegrando, la principal era aquella que debería haber elegido la fuerza como su cualidad esencial: el Parlamento, o, como se le llamaba en Austria, el Reichsrat.
Es manifiesto que el Parlamento de Inglaterra, la tierra de la democracia «clásica», fue el progenitor de dicho órgano. Esa bendita institución fue trasplantada de allí en su totalidad y establecida en Viena con la menor alteración posible.
El sistema bicameral inglés inauguró su nueva vida en el Abgeordnetenhaus y el Herrenhaus. Pero las Cámaras en sí mismas eran algo diferentes.
Cuando las Casas del Parlamento de Barry surgieron, por decirlo así, de las aguas del Támesis, este extrajo de la historia del Imperio mundial británico la inspiración para la ornamentación de los 1.200 nichos, ménsulas y pilares de su magnífico edificio. Así, con sus esculturas y pinturas, las Cámaras de los Lores y de los Comunes se convirtieron en el templo de la gloria de la nación.
Aquí residía la primera dificultad de Viena. Pues cuando el danés Hansen hubo coronado el último pináculo del palacio de mármol destinado a los representantes del pueblo, su único recurso fue intentar ornamentarlo con temas inspirados en la Antigüedad. Estadistas y filósofos griegos y romanos embellecen ese edificio teatral de la «democracia occidental», y, con ironía simbólica, las cuadrigas de lo