No fue por accidente que los hombres vencieron a la peste más fácilmente que a la tuberculosis. La primera se presenta en aterradoras olas de muerte y sacude a la humanidad, la otra avanza lentamente; la primera inspira terror, la segunda, indiferencia gradual. El resultado es que los hombres combaten la primera con toda su energía, mientras intentan detener el consumo con métodos débiles. Así, los hombres vencieron a la peste, pero la tuberculosis vence a los hombres. Lo mismo se aplica a las enfermedades del cuerpo político.
En la larga paz de los años de antes de la guerra aparecieron ciertos males que fueron reconocidos como tales, aunque no se prestó prácticamente ninguna atención a las causas que los originaban —con ciertas excepciones.
Estas excepciones fueron, ante todo, los fenómenos en la vida económica de la nación, que afectaron a los individuos de manera más aguda que los males que aparecían en muchas otras direcciones.
Había muchos indicios de decadencia que debieran haber inducido a una seria reflexión.
El asombroso aumento de la población de Alemania antes de la guerra situó la cuestión de proporcionar el alimento esencial en un lugar cada vez más prominente en todo el pensamiento y la acción política y económica.
Pero, por desgracia, no pudieron decidirse a ir directamente a la única solución correcta, pues imaginaban que podían alcanzar su objetivo mediante métodos más baratos.
La renuncia a la idea de adquirir nuevo territorio y su sustitución por la manía de la conquista económica tenía que conducir al final a una industrialización ilimitada y perjudicial.