El joven voluntario se había convertido en un viejo soldado. Este cambio se había operado en todo el ejército. Los combates perpetuos lo envejecieron y endurecieron, y quebrantaron a cualquiera que no pudiera hacer frente a la tormenta.
Solo entonces se podía emitir un juicio sobre aquel ejército.
Al cabo de dos o tres años, durante los cuales estuvo combatiendo continuamente, una batalla tras otra, contra fuerzas superiores en número y armamento, sufriendo hambre y privaciones; ese era el momento de considerar la virtud de aquel ejército.
Aunque pasen miles de años, nadie podrá hablar de heroísmo sin pensar en el Ejército Alemán en la Guerra Mundial. A través de las brumas del pasado aparecerá el casco de acero gris, sin vacilar ni apartarse jamás, un monumento de la inmortalidad. Mientras queden alemanes, estos reflexionarán que estos hombres fueron un día hijos de su nación.
En aquellos días la política no me importaba en absoluto, pero no pude evitar hacerme una opinión sobre ciertas manifestaciones que afectaban a toda la nación, pero que nos concernían a los soldados más que a nadie.
Me indignaba la manera en que se consideraba correcto contemplar al marxismo —cuyo fin último y perpetuo era la destrucción de todos los Estados nacionales no judíos—, que vio con repugnancia en aquellos días de julio de 1914 cómo la clase obrera alemana, a la que había estado enredando con asiduidad, se había despertado y se alineaba de manera cada vez más rápida, hora tras hora, al servicio de la Patria. En pocos días, la bruma y el engaño de aquella infame traición nacional se disiparon en el aire, y la pandilla de líderes judíos se encontró de repente sola y abandonada, como si no quedara en existencia ni rastro de la insensatez y la locura con las que las masas habían sido inoculadas durante sesenta años.