rapidez en el lema de todos los charlatanes y embaucadores que, bajo la apariencia de «estadistas», han estado dilapidando las fortunas de Alemania desde la Revolución.
Una de las peores evidencias de la decadencia en Alemania antes de la Guerra fue la tibieza universal que se manifestaba cada vez más en todo lo que se emprendía. Es siempre el resultado de la incertidumbre de un hombre acerca de una cosa, y de la pusilanimidad que surge de esa y de otras causas. El sistema educativo fue la causa de este defecto.
Había un gran número de puntos débiles en la educación alemana antes de la guerra. Estaba concebida según un sistema unilateral orientado a la mera adquisición de conocimientos y muy poco a producir capacidad práctica. Menos valor aún se le concedía a la formación del carácter, muy poco al fomento del placer por la responsabilidad, y ninguno en absoluto al cultivo de la fuerza de voluntad y de la capacidad de decisión. El resultado de esto no fue el hombre fuerte, sino más bien el poseedor flexible de muchos conocimientos; y eso era lo que los alemanes éramos considerados universalmente antes de la guerra y por lo que gozábamos de aprecio. El alemán era apreciado porque era un hombre útil, pero debido a la debilidad de su fuerza de voluntad era poco respetado. Había una buena razón para que renunciara a su nacionalidad y a su patria más fácilmente que casi cualquier otra nación. Ese bello refrán: «Con el sombrero en la mano se puede ir por todo el mundo», lo describe a la perfección.
Esta ductilidad se volvió desastrosa cuando rigió la forma bajo la cual únicamente se podía abordar al Monarca. Dicha forma no toleraba réplica alguna, sino conformidad con todo aquello que Su Majestad tuviera a bien ordenar. Y, sin embargo, era precisamente en ese ámbito donde más falta hacía la dignidad de un hombre libre; de lo contrario, semejante pleitesía estaba destinada a ser un día la ruina de la Monarquía.