Unas pocas advertencias débiles, un par de multas por infracciones demasiado flagrantes como para pasarlas por alto, y eso fue todo.
La defensa que en aquellos días oponía el Gobierno a la prensa —controlada principalmente por judíos—, que estaba corrompiendo lentamente a la nación, no seguía una línea definida ni tenía determinación; pero, peor que todo, carecía de un objetivo fijo. La inteligencia de los funcionarios pasó por alto por completo el quid de la cuestión, tanto al estimar la importancia de la lucha, como en la elección de los métodos y el establecimiento de un plan preciso. Se dedicaron a remendar; de vez en cuando, si se veían demasiado acosados, aturdían a alguna víbora periodística durante unas pocas semanas, o incluso meses, pero siempre dejaban que el nido de serpientes continuara en paz como antes.
Para los lectores superficiales y de educación imperfecta, el Frankfurter Zeitung es la quintaesencia de la respetabilidad. Nunca utiliza expresiones groseras, reniega de la fuerza bruta y escribe siempre a favor de luchar con armas «intelectuales», lo cual atrae, curiosamente, a la gente menos intelectual.
Pero es precisamente para nuestras clases semiintelectuales para quienes el judío escribe en su llamada «prensa de la Intelligenzia». El tono del Frankfurter Zeitung y del Berliner Tageblatt está destinado a atraerlas, y son ellas las que resultan influenciadas por dichos periódicos.
Mientras evitan cuidadosamente toda grosería en el lenguaje, utilizan otros medios para verter el veneno en los corazones de sus lectores. Mediante una amalgama de expresiones encantadoras, adormecen a sus lectores haciéndoles creer que el conocimiento puro y la verdad moral son la fuerza motriz de sus acciones, cuando en realidad se trata de un ardid astuto para robar un arma que sus oponentes podrían utilizar contra la prensa.