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Capítulo II: Mis estudios y luchas en Viena

política exterior me producían una satisfacción sólida, por lo general me afligía a menudo la vida política interna, que no era tan satisfactoria. La campaña contra Guillermo II no contaba con mi aprobación. Lo consideraba no solo como el emperador alemán, sino sobre todo como el creador de una marina de guerra alemana. El hecho de que el Reichstag le prohibiera al Emperador pronunciar discursos me indignaba por tanto, porque la prohibición provenía de un sector que, a mis ojos, realmente no tenía competencia para hacerlo, y sin embargo, durante una sola sesión, aquellos gansos parlamentarios reunían más palabrería disparata de la que toda una dinastía de emperadores, incluso la más débil de ellas, podría producir durante siglos.

Me encolerizaba que en un Estado en el que cualquier idiota podía arrogarse el derecho a la crítica y era, de hecho, soltado sobre la nación como «legislador» en el Reichstag, el portador de la Corona Imperial pudiera ser reprendido por la institución más insípida y absurda de todos los tiempos.

Me repugnaba todavía más que la Prensa de Viena, que se inclinaba respetuosamente ante el más vil de los viles si pertenecía a la Corte, manifestara ahora, con fingida preocupación —pero, a mi juicio, con hostilidad apenas disimulada—, sus reparos hacia el Emperador alemán.

Me vi obligado a admitir que uno de los periódicos antisemitas, el Deutsche Volksblatt, se portó con más decencia en relación con el mismo asunto.

El modo nauseabundo en que la prensa más influyente le servía de lambiscona a Francia también me ponía los nervios de punta. Uno tenía que avergonzarse de ser alemán al observar aquellos himnos almibarados en alabanza a la «gran nación cultural». El mísero proxenetismo con Francia hizo que más de una vez tirara al suelo aquellos «diarios del mundo». Entonces recurría al Volksblatt, el cual

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