tendería a destruir aquella comunidad de fines en la lucha, para cuya consecución no se puede dejar que el individuo decida por sí mismo sus deseos y convicciones.
No puedo advertir suficientemente a los jóvenes del Movimiento contra el riesgo de dejarse atrapar en la red de los llamados «trabajadores silenciosos». No sólo son cobardes, sino que además resultan siempre incapaces y holgazanes.
Un hombre que tiene conocimiento de un asunto, advierte un peligro posible y ve ante sus ojos un remedio para este, tiene la obligación impuesta de no trabajar «en silencio», sino de levantarse públicamente contra el mal y trabajar por su remedio. Si fracasa en esto, es un miserable debilucho, olvidadizo de su deber, que fracasa ya sea por cobardía, o por pereza e incapacidad.
Pero así es como reaccionan habitualmente la mayoría de estos «trabajadores silenciosos», como si supieran Dios sabe qué. Son totalmente incapaces, pero intentan engañar al mundo entero con sus pretensiones; son perezosos, pero dan una impresión de vasta y atareada actividad con su fingimiento de trabajo «silencioso».
En resumen, son estafadores, especuladores políticos que odian el trabajo honesto realizado por otros. Un solo agitador con el valor de hacer frente a sus adversarios en la taberna y defender sus opiniones con valentía y franqueza logra más que mil de esos hipócritas taimados y solapados.
A principios de 1920 insté a que se celebrara la primera gran asamblea de masas. Herr Harrer, que entonces era presidente del partido, no se sintió capaz de compartir mis puntos de vista respecto al momento elegido y se retiró con todo honor de la dirección del Movimiento. Herr Anton Drexler fue su sucesor. Yo mismo asumí la organización de la propaganda del Movimiento y procedí a llevarla a cabo sin reservas.