Ayudado por su innata brutalidad codiciosa, coloca al movimiento de los sindicatos sobre una base de fuerza bruta. Todo aquel que tenga la inteligencia suficiente para resistir el anzuelo judío es quebrantado por la intimidación, por muy decidido e inteligente que sea. Estos métodos tienen un éxito rotundo.
Por medio del Sindicato, que podría haber sido la salvación de la nación, el judío destruye en realidad las bases de la economía de la nación.
La organización política marcha en líneas paralelas a la precedente. Colabora con el movimiento sindical, ya que este prepara a las masas para la organización política y, de hecho, las empuja hacia ella con fuerza.
Es, además, la fuente constante de dinero de la que se nutre la vasta maquinaria de la organización política. Es el órgano de control de la labor política y actúa como látigo movilizador para todas las grandes manifestaciones de carácter político.
Finalmente, pierde por completo su carácter económico para servir a la idea política con su arma principal: la negativa a trabajar, bajo la forma de la huelga general.
Al crear una prensa que está al nivel intelectual del sector menos educado, la organización política y laboral obtiene fuerza de coacción, permitiéndole preparar a los estratos más bajos de la nación para la empresa más peligrosa.
Es la Prensa Judía la que, en una campaña de calumnias absolutamente fanática, derriba todo lo que pueda considerarse como el pilar de la independencia, la civilización y la autonomía económica de una nación. Clama especialmente contra los personajes que se niegan a inclinarse ante la dominación judía, o cuya capacidad intelectual se le aparece al judío como una amenaza para sí mismo.