además de ser naturalmente débil e indeciso, nunca había tenido la única escuela capaz de forjar hombres a partir de caracteres blandos e indecisos. Así pues, ninguno de los dos estaba hecho de la madera necesaria para asimilar una fe fanática en la victoria para ningún Movimiento.
Yo mismo era entonces todavía un soldado.
Por encima de todo, los traidores marxistas de la nación debían de odiar un Movimiento cuyo objetivo declarado era ganarse a las masas, las cuales hasta entonces habían estado totalmente a las órdenes de los partidos internacionales marxistas, judíos y de la Bolsa. El título de «Partido Obrero Alemán» ya era por sí solo una provocación.
Durante el invierno de 1919-20 nuestra única lucha fue fortalecer la fe en el poder conquistador del joven Movimiento y acrecentarla hasta convertirla en el fanatismo que tiene el poder de mover montañas.
Una reunión del «Deutsches Reich» en la Dachauer Strasse volvió a demostrar que yo tenía razón. La asistencia superó los 200 asistentes, y nuestro éxito, tanto en lo que respecta al público como en el plano financiero, fue brillante. Un mes más tarde, más de 400 personas acudieron a nuestras reuniones.
No fue por nada que el joven Movimiento fijó un programa definitivo y no empleó la palabra «popular» (völkisch). Debido a su falta de limitación como concepto, dicha expresión no ofrece base posible alguna para ningún Movimiento, ni fija un estándar para quienes han de pertenecer a él. Dado que el concepto es difícil de definir en la práctica y está abierto a amplias variaciones de interpretación, su atractivo es demasiado amplio. La introducción en la lucha política de un concepto tan indefinido y con tantas interpretaciones