titiriteros permanezcan seguros en la sombra, sin la menor posibilidad de ser responsabilizados personalmente. Pues ahora una decisión, por muy perjudicial que sea para la nación, no puede achacarse a ningún granuja en particular que esté en el ojo público, sino que siempre puede transferirse a las espaldas de todo un sector.
Así pues, no existe responsabilidad en la práctica, pues esta obligación solo puede recaer en un único individuo, y no en un conjunto de parlanchines parlamentarios.
Esa institución solo puede resultar grata o provechosa para los reptiles mentirosos que huyen de la luz del día, y ha de ser aborrecible para cualquier hombre bueno y directo que esté dispuesto a asumir su responsabilidad personal.
De ahí que este estilo de Democracia se haya convertido en el instrumento de la raza, la cual, para promover sus propios fines, tiene que evitar la luz del sol ahora y en todo tiempo futuro. Nadie sino un judío puede valorar una institución tan sucia y falsa como él mismo.
En contradicción con lo anterior se encuentra la verdadera democracia germánica, con la libre elección del líder, junto con su obligación de asumir la entera responsabilidad de todo cuanto hace y causa que se haga. Esto no incluye ninguna votación de mayoría sobre cuestiones individuales, sino simplemente la decisión de quien la respalda con su vida y todo cuanto posee.
Para cualquiera que objete que, siendo tales los requisitos, apenas sería posible encontrar a alguien dispuesto a consagrar su persona a tareas tan arriesgadas, no puede haber más que una respuesta:
—Gracias a Dios, el quid de la democracia alemana es que cualquier trepador indeseable y evasor moral extraviado no pueda entrar por la