Ya desde el verano de 1920 las tropas para el mantenimiento del orden fueron tomando gradualmente una forma definida, y hacia la primavera de 1921 quedaron divididas por grados en compañías, las cuales a su vez se dividían en secciones más pequeñas.
Esto se había vuelto de extrema necesidad, ya que entretanto nuestras actividades en lo que se refiere a reuniones habían ido aumentando continuamente.
La organización de nuestros grupos de hombres encargados de mantener el orden en las reuniones fue el medio para resolver una cuestión muy difícil. Hasta entonces el movimiento no había poseído ninguna insignia de Partido ni ninguna bandera.
La falta de estos símbolos no solo era una desventaja entonces, sino que resultaba intolerable de cara al futuro, ya que los miembros del Partido no tenían ninguna insignia distintiva de pertenencia, y para el futuro era intolerable carecer de algún distintivo de carácter simbólico del Movimiento que pudiera oponerse al de los Internacionales.
Más de una vez en mi juventud la importancia psicológica de semejante símbolo me había resultado claramente evidente desde el punto de vista del sentimiento.
En Berlín, después de la guerra, presencié una manifestación multitudinaria del marxismo frente al Palacio Real. Un mar de banderas rojas, pañuelos rojos y flores rojas confería una apariencia exterior de poder a aquella multitud, que calculé en unas 120.000 personas. Sentí y comprendí cuán fácilmente el hombre de la calle se deja impresionar por la magia sugestiva de una puesta en escena tan grandiosa.