un producto de la necesidad económica o, en el mejor de los casos, un resultado natural de las fuerzas políticas. Llevada a su conclusión lógica, esta actitud básica no solo conduce a una tergiversación de las causas raciales, sino también a no asignar a la personalidad su debido valor. Pues la negación de que exista una diferencia entre las razas en lo que respecta a su capacidad para forjar la cultura conducirá necesariamente a extender ese gran error a los juicios que se emiten sobre la personalidad del individuo. A la suposición de que todas las razas son iguales en cuanto al carácter le seguirá una forma similar de considerar a las naciones, y así sucesivamente hasta llegar a los individuos.
Así, el marxismo internacional en sí mismo no es más que una concepción general del mundo —sostenida en realidad desde hace muchísimo tiempo— llevada adelante por el judío Karl Marx bajo la forma de una confesión definida de fe política. Sin los cimientos de un proceso de envenenamiento semejante que ya estuviera operando de manera general, el extraordinario éxito político de dichas doctrinas habría sido imposible.