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El Partido Socialista Obrero

El espectáculo al final de la Guerra fue el siguiente: el gran estrato medio de la nación había pagado, como era su deber, su tributo de sangre; la sección extrema de los mejores hombres se había sacrificado casi hasta el último con un heroísmo típico; la extrema de los peores, protegida por leyes sumamente necias y por la omisión de aplicar las Ordenanzas Militares como debían haberse aplicado, también se mantuvo con vida casi hasta el último.

Esta escoria cuidadosamente conservada de nuestra nación hizo entonces la Revolución, y solo pudo hacerlo porque el sector extremo de los mejores ya no estaba allí para resistirla. Habían muerto todos en la batalla.

Aquellos filibusteros marxistas no podían depender por mucho tiempo únicamente del apoyo popular para sostener su autoridad. Y, sin embargo, la joven República lo necesitaba a toda costa, pues no estaban dispuestos, tras un breve período de caos, a verse aplastados de repente por una fuerza punitiva reunida a partir de los últimos vestigios del elemento bueno de nuestra nación.

El elemento que albergaba la idea revolucionaria y llevó a cabo la Revolución no pudo ni quiso llamar a los soldados para que lo protegieran. Pues lo que ese elemento deseaba no era organizar un Estado, sino desorganizar el existente; se adaptaba mejor a sus instintos. Su consigna no era Orden y Construcción para la República Alemana, sino más bien el Saqueo de la misma.

Aparecieron entonces por primera vez multitud de jóvenes alemanes dispuestos, al servicio, según decían, de la paz y el orden, a enfundarse de nuevo la túnica de soldado, echarse los fusiles al hombro y ponerse los cascos de acero para marchar contra los destructores de su patria.

Se agruparon en cuerpos de voluntarios y se pusieron a trabajar, odiando todo el tiempo la Revolución, para protegerla y fortalecerla así en la práctica. Oobraron de este modo de buena fe.

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