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El Partido Socialista Obrero

Los verdaderos organizadores de la Revolución, y su titiritero real, el judío internacional, habían evaluado la situación correctamente. No había llegado el momento de precipitar a la nación alemana en el cenagal sangriento del bolchevismo, como había sucedido en Rusia. La cuestión era: ¿Qué harían las tropas del frente al respecto? ¿Lo tolerarían los hombres de gris de campaña?

Durante aquellas semanas, la Revolución en Alemania se vio obligada a dar al menos una apariencia de extrema moderación, si no quería correr el riesgo de ser destrozada en un momento por dos o tres divisiones alemanas.

Pues si incluso un solo comandante de división se hubiera decidido en ese mismo instante, con su fiel división, a arrancar la bandera roja y poner a los «consejos» contra la pared, o a romper cualquier resistencia con Minenwerfer y granadas de mano, a esa división no le habría tomado un mes convertirse en un ejército de seis divisiones.

El titiritero judío temía esto más que a nada.

La Revolución, sin embargo, no fue hecha por las fuerzas de la paz y el orden, sino por las del motín, el robo y el pillaje. Y el desarrollo posterior de la Revolución no estuvo de acuerdo con la voluntad de estos últimos elementos, ni por razones tácticas podía explicarse su curso ni hacérseles aceptable.

A medida que la Socialdemocracia fue conquistando el poder, dicho Movimiento fue perdiendo cada vez más el carácter de una Revolución de fuerza bruta.

Aun antes de que terminara la guerra, y mientras el Partido Socialdemócrata, que derivaba su carácter de la inercia de las masas, pendía como un lastre de plomo del cuello de la defensa nacional, los elementos radical-activistas fueron extraídos de él y transformados en

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