Hay en nuestro idioma alemán una palabra que es sutilmente descriptiva: la disposición a obedecer la llamada del deber (Pflichterfüllung), el servicio en pro del interés general.
La idea que subyace a tal actitud la denominamos idealismo, por oposición al egoísmo; y por ella entendemos la capacidad de sacrificio propio del individuo por la comunidad, por sus semejantes.
Es en los momentos en que los ideales amenazan con desaparecer cuando podemos observar una disminución inmediata de esa fuerza, que es la esencia de la comunidad y una condición necesaria de la cultura.
Entonces el egoísmo se convierte en la fuerza dominante en una nación, y en la caza tras la felicidad se aflojan los lazos del orden y los hombres caen del cielo directamente en el infierno.
El exacto opuesto del ario es el judío. Difícilmente en ninguna nación del mundo está el instinto de autoconservación más fuertemente desarrollado que en el «Pueblo Elegido».
La mejor prueba de esto es el hecho de que esa raza aún sigue existiendo. ¿Dónde hay un pueblo que durante los últimos dos mil años haya mostrado tan pocos cambios en sus características internas como la raza judía? ¿Qué raza, de hecho, se ha visto envuelta en mayores cambios revolucionarios que esa, y sin embargo ha sobrevivido intacta tras las más terribles catástrofes?
¡Cómo se expresa su decidida voluntad de vivir y de mantener el tipo a través de estos hechos!
Las cualidades intelectuales del judío se desarrollaron en el curso de los siglos. Hoy lo consideramos «astuto», y en cierto sentido ocurría lo mismo en todas las épocas. Pero su capacidad intelectual no es el resultado de un desarrollo personal, sino de la educación impartida por extranjeros.