Los edificios particulares son muy raramente construidos de piedra o ladrillo; la mayor parte es de madera y tablas, enfoscados con cal. Es imposible concebir cosas más feas, incómodas y, por fortuna, más perecederas.
Hay dos o tres planos, sobre uno de los cuales, según su tamaño, se construyen la mayoría de las casas del estado.
La gente más pobre construye chozas de troncos, colocados horizontalmente en corrales, tapando los intersticios con barro. Estas son más cálidas en invierno y más frescas en verano que la construcción más costosa de listones y tablones.
Los adinerados se preocupan por el cultivo de hortalizas, pero muy poco por la fruta. La gente más pobre no se ocupa de ninguna de las dos cosas, viviendo principalmente de leche y dieta animal.
Esto es tanto más inexcusable, cuanto que el clima requiere indispensablemente un libre uso de alimentos vegetales, tanto para la salud como para la comodidad, y es muy propicio para el cultivo de frutas.
Los únicos edificios públicos dignos de mención son el capitolio, el palacio, el colegio y el hospital de demente⟨s⟩, todos ellos en Williamsburg, hasta ahora sede de nuestro gobierno. El capitolio es una estructura ligera y airosa, con un pórtico al frente de dos órdenes, el inferior de los cuales, al ser dórico, es medianamente correcto en sus proporciones y ornamentos, salvo únicamente en que los intercolumnios son demasiado grandes. El superior es jónico, mucho más pequeño que aquel sobre el que está montado, sus ornamentos no son propios del orden ni están proporcionados entre sí. Está coronado por un frontón que es demasiado alto para su vano. Sin embargo, en conjunto, es la pieza de arquitectura más agradable que tenemos.