que les crece en el rostro, habría visto que la naturaleza no había sido deficiente en ese aspecto. Cada nación tiene sus costumbres. He visto a un petimetre indio, con un espejo en la mano, examinándose la cara durante horas enteras y arrancando de raíz cada pelo que descubría, con una especie de pinzas hechas con un trozo de alambre fino de latón, que había enrollado alrededor de un palito, y que [ C 382 ] utilizaba con gran destreza.
** No sienten ardor por sus hembras". Es cierto que no se entregan a esos excesos, ni muestran el afecto que es habitual en Europa; pero esto no se debe a un defecto de la naturaleza, sino a las costumbres. Su alma está enteramente volcada en la guerra. Esto es lo que les proporciona gloria entre los hombres y los hace admirados por las mujeres. Para ello son educados desde su más tierna juventud. Cuando persiguen la caza con ardor, cuando soportan las fatigas de la montería, cuando resisten y sufren pacientemente el hambre y el frío;