Esto sin embargo sucede con demasiada poca frecuencia como para dar un carácter de insalubridad a tales casas. En una casa cuyas paredes son de ladrillo bien cocido y buen mortero, he visto la lluvia penetrar solo dos veces en una docena o quince años.
Los habitantes de Europa, que viven principalmente en casas de piedra o ladrillo, son seguramente tan sanos como los de Virginia. Estas casas tienen además la ventaja de ser más cálidas en invierno y más frescas en verano que las de madera; de ser más baratas en su pri-
construcción, donde es conveniente y de infinita mayor durabilidad. Esta última consideración hace que sea de gran importancia erradicar este prejuicio de las mentes de nuestros compatriotas.
Un país cuyos edificios son de madera, jamás podrá aumentar sus mejoras en un grado considerable. Su duración se calcula generosamente en 50 años. Cada medio siglo, por tanto, nuestro país se convierte en una tabula rasa, sobre la cual tenemos que empezar de nuevo, como en el primer momento de su colonización.
En cambio, cuando los edificios son de materiales duraderos, cada nuevo edificio es una adquisición real y permanente para el Estado, que añade tanto a su valor como a su ornato.