La casa, aparte de mi padre, mi madre y yo mismo, constaba—en primer lugar: de un gran perro negro llamado Truffe, que era un animal privilegiado y bien recibido dondequiera que aparecía, más aún teniendo en cuenta que yo solía pasearme montado en su lomo; en segundo lugar: de un jardinero llamado Pierre, que me abastecía generosamente de ranas y serpientes, dos especies de criaturas vivas por las que sentía un interés particular; en tercer lugar: de un negro, ayuda de cámara de mi padre, llamado Hippolyte, una especie de arlequín de piel oscura a quien mi padre, según creo, solo retenía para estar bien provisto de anécdotas con las que llevarse la victoria en sus encuentros con Brunel y superar sus maravillosas historias; en cuarto lugar: de un guardabosques llamado Mocquet, por quien sentía una gran admiración, dado que contaba magníficas historias de fantasmas y hombres lobo, a las que escuchaba todas las noches y que se interrumpían abruptamente en cuanto el General—como se solía llamar a mi padre—hacía acto de presencia; en quinto lugar: de una cocinera que respondía al nombre de Marie, pero esta figura ya no logro recordarla, se ha desvanecido para mí en el turbio crepúsculo de la vida; solo recuerdo el nombre, asociado a alguien de quien apenas queda un esbozo borroso en mi memoria y sobre quien, hasta donde alcanza mi recuerdo, no había nada de muy poético.
Mocquet, sin embargo, es la única persona que debe ocupar nuestra atención por el momento. Permítanme intentar dárselo a conocer, tanto en lo que respecta a su aspecto personal como a su carácter.