En vano el Señor de Vez tendía su cordón por la noche alrededor de los recintos sospechosos para comenzar el ataque con la luz del día; ni una sola vez lograron sus hombres levantar un lobo, pues ni una sola vez se equivocó Thibault en sus cálculos.
Si por casualidad no había estado bien informado y dudaba sobre la dirección que tomaban el barón y sus hombres, convocaba a todos sus lobos, enviándoles mensajeros expresos al caer la noche; luego los conducía sin ser vistos por el sendero arbolado que llevaba a Lessart-l’Abbesse, el cual por entonces corría entre el bosque de Compiègne y el de Villers-Cotterets, logrando así pasar del uno al otro.
Este estado de cosas continuó durante varios meses. Tanto el barón como Thibault llevaron a cabo la tarea que cada uno se había impuesto con una energía igualmente apasionada; este último, al igual que su adversario, parecía haber necesitado algún poder sobrenatural con el que poder resistir la fatiga y la tensión; y esto era tanto más notable cuanto que, durante los breves intervalos de respiro concedidos por el Señor de Vez, el Líder de los lobos no estaba en absoluto en paz consigo mismo.
No era que los terribles actos en los que era un agente activo y que él presidía le inspiraran exactamente horror, pues los creía justificables; la responsabilidad de ellos, según decía, la descargaba sobre quienes le habían obligado a cometerlos; pero había momentos de flaqueza de espíritu, que no lograba explicarse, en los que vagaba en medio de sus feroces compañeros sintiéndose sombrío, moroso y con el corazón apesadumbrado. De nuevo la imagen de Agnelette se alzaba ante él, antojándosele como la personificación de su propia vida pasada, honesta y laboriosa, pacífica e inocente. Y aún más, sentía que la amaba más de lo que jamás había creído posible amar a nadie. A veces lloraba al pensar en toda su felicidad perdida, otras le asaltaba un frenético ataque de celos hacia aquel a quien ella ahora pertenecía—ella, que en otro tiempo, de haber querido él, habría podido ser suya.