barón, al ver su propio cuerpo tan cerca de él, podría sentir el deseo de reingresar en él. Esto daría lugar a una lucha en la que Thibault no podría defenderse bien sin causarse un daño grave a su propia persona; por lo tanto, había que encontrar otra salida a la dificultad.
Había oído hablar mucho de la maravillosa perspicacia de los animales y él mismo, durante su vida en el campo, había tenido ocasión más de una vez de admirar su instinto, por lo que ahora decidió fiarse del de su caballo.
Volviendo al camino principal, giró el caballo en dirección a Mont-Gobert y le dejó las riendas libres. El caballo echó a galopar inmediatamente; sin duda había comprendido. Thibault no se preocupó más; ahora era asunto del caballo llevarle sano y salvo a su destino.
Al llegar a la esquina del muro del parque, el animal se detuvo, al parecer no porque tuviera dudas sobre qué camino tomar, sino porque algo pareció inquietarlo y erguía las orejas.
Al mismo tiempo, a Thibault también le pareció divisar dos sombras; pero debían de ser solo sombras, pues aunque se puso de pie sobre los estribos y miró a su alrededor, no pudo ver absolutamente nada.
Probablemente eran furtivos, pensó, que tenían motivos como él para desear entrar en el parque.
No habiendo ya nada que le cerrara el paso, solo tuvo que dejar, como antes, que el caballo siguiera su propio rumbo, y así lo hizo.
El caballo siguió las tapias del parque al trotro, eligiendo con cuidado la orilla blanda del camino y sin emitir un solo relincho; el inteligente animal parecía saber que no debía hacer ruido o, al menos, el menor ruido posible.
De este modo, recorrieron todo un lado del parque y, al llegar a la esquina, el caballo torció al doblar el muro y se detuvo ante una pequeña