No sentía ni arrepentimiento ni pesar. Lo que dominaba por encima de todo otro sentimiento en él era su satisfacción ante la idea de poder en adelante devolver mal por mal a sus semejantes, su orgullo por tener, gracias a sus terribles auxiliares, el poder de luchar contra quienes le perseguían.
Y mientras los lobos continuaban sus aullidos melancólicos:
«Sí, mis amigos —dijo Thibault—, sí, vuestros aullidos responden al grito de mi corazón... Mis semejantes han destruido mi choza, han esparcido a los vientos las cenizas de las herramientas con las que ganaba mi pan de cada día; su odio me persigue como os persigue a vosotros, no espero de ellos ni clemencia ni piedad. Somos sus enemigos como ellos son los nuestros; y no tendré con ellos ni clemencia ni compasión. Venid, pues, marchemos de esta choza al Castillo, y llevemos allá la desolación que ellos me han traído al hogar».
Y entonces el amo de los lobos, como un jefe de bandidos seguido de sus desalmados, partió con su jauría en busca de pillaje y carnicería.
Esta vez no era ni ciervo, ni gamo, ni ninguna caza tímida la que perseguían.
Al amparo de la oscuridad de la noche, Thibault dirigió primero sus pasos hacia el castillo de Vez, pues allí se alojaba su principal enemigo.
El barón tenía tres granjas pertenecientes a la finca, establos llenos de caballos y otros llenos de vacas, y el parque estaba lleno de ovejas.
Todos estos lugares fueron atacados la primera noche, y al día siguiente se encontraron muertos dos caballos, cuatro vacas y diez ovejas.
El Barón dudó al principio de si aquello podía ser obra de las bestias contra las que libraba una guerra tan feroz; parecía haber en ello algo más