todo, incluso el silencio por parte de los médicos, hacía pensar que la pobre Agnelette seguiría pronto a su marido a la tumba. La voz de la anciana ciega era la única que parecía tener algún poder para calmar la fiebre. Cuando oía hablar a su abuela, se tranquilizaba; los ojos desorbitados y extraviados se suavizaban y se llenaban de lágrimas; se pasaba la mano por la frente como para alejar algún pensamiento obsesivo, y una sonrisa triste y divagante cruzaba sus labios.
Una tarde, hacia la noche, su sopor pareció más agitado y angustiado que de costumbre.
La choza, débilmente iluminada por una pequeña lámpara de cobre, se encontraba en la penumbra; la abuela estaba sentada junto al hogar, con esa inmovilidad de rostro bajo la cual los campesinos y los salvajes ocultan sus sentimientos más profundos.
A los pies de la cama en la que yacía Agnelette, tan consumida y blanca que, de no ser por el subir y bajar regular de su pecho con su respiración agitada, se la habría podido tomar por muerta, estaba arrodillada una de las mujeres, a quien el barón le pagaba para que atendiera a la viuda de su joven cazador, dedicada a desgranar su rosario; la otra hilaba silenciosamente con su rueca.
De pronto, la enferma, que desde hacía unos minutos venía estremeciéndose a intervalos, pareció luchar contra algún horrible sueño y lanzó un grito agudo de angustia. En ese momento la puerta se abrió de par en par, un hombre al parecer envuelto en llamas irrumpió en la habitación, saltó hacia la cama de Agnelette, estrechó a la moribunda entre sus brazos, presionó sus labios sobre la frente de esta lanzando gritos de dolor, para luego, corriendo hacia otra puerta que daba al campo abierto, abrirla y desaparecer.
La aparición había venido y se había ido tan rápidamente que parecía casi una alucinación, y como si Agnelette se esmerara en rechazar algún