Luego venía Engoulevent, el segundo montero, que daba el brazo a una vieja ciega, la cual iba adornada con cintas como los demás; después el mayordomo del Castillo de Vez, como representante probablemente del padre del pequeño montero, dando el brazo a la novia.
Y la misma novia —Thibault la contemplaba con ojos desorbitados y fijos; se esforzó, aunque en vano, por persuadirse de que no la reconocía— era imposible no hacerlo cuando ella estuvo a unos pocos pasos de donde él se ocultaba. La novia era Agnelette.
¡Agnelette!
Y para colmo de su humillación, como para dar el golpe de gracia a su orgullo, no una Agnelette pálida y temblorosa arrastrada a regañadientes hacia el altar, lanzando miradas atrás de pesar o de recuerdo, sino una Agnelette tan radiante y feliz como el pájaro que cantaba, como la campanilla de invierno que florecía, como la luz del sol que brillaba; una Agnelette llena de orgulloso deleite en su corona de azahares, su velo de tul y su vestido de muselina; una Agnelette, en fin, tan hermosa y risueña como la virgen de la iglesia de Villers-Cotterets, cuando vestía su hermoso traje blanco en Pentecostés.
Sin duda, debía toda esta galantería a la Dama del Castillo, la esposa del señor de Vez, quien era una auténtica Lady Bountiful en tales asuntos.
Pero la causa principal de la felicidad y las sonrisas de Agnelette no era el gran amor que sentía hacia el hombre que iba a convertirse en su marido, sino su satisfacción por haber encontrado lo que tanto deseaba, aquello que Thibault le había prometido con malicia sin desear realmente dárselo: alguien que la ayudara a mantener a su anciana abuela ciega.
Los músicos, los novios, los mozos y las mozas pasaron por el camino a veinte pasos de Thibault, sin reparar en la cabeza de cabellera llameante