Pues sin duda él había sido a quien Agnelette amara primero; tal vez, aunque casada con otro hombre, ella todavía lo amaba. Y mientras Thibault se quedaba meditando en estas cosas, cobró conciencia de que el tiempo pasaba, de que la noche se acercaba.
Por muy modesta que pudiese ser la fortuna de la pareja recién casada, por muy limitados que fuesen los deseos de los campesinos que los habían seguido, era del todo seguro que la novia, el novio y los campesinos estaban todos a esta hora festejando alegremente juntos.
Y él, él estaba triste y solo. No había nadie que le preparara la comida; y ¿qué había en su casa para comer o beber? ¡Un poco de pan! ¡Un poco de agua! ¡Y la soledad! En lugar de esa bendición del cielo que llamamos hermana, amante, esposa.
Pero, después de todo, ¿por qué no había de comer él también alegre y sobriamente?
¿No podía ir a comer a donde le placiera?
¿No llevaba dinero en el bolsillo de la última pieza de caza que le había vendido al mesonero del Boule-d’Or?
¿Y no podía gastar en sí mismo tanto como los recién casados y todos sus invitados juntos?
No tenía que complacer más que a sí mismo.
—¡Y, a fe mía! —exclamó—, que soy un verdadero idiota al quedarme aquí, con el cerebro devorado por los celos y el estómago por el hambre, cuando, con la ayuda de una buena cena y dos o tres botellas de vino, puedo librarme de ambos tormentos antes de que pase otra hora. ¡Me marcharé a buscar comida y, lo que es mejor aún, a buscar bebida!
Para llevar a cabo esta determinación, Thibault tomó el camino de Ferté-Milon, donde había un excelente mesón, conocido como el Delfín