pesado plantado primero en el hombro derecho y luego en el izquierdo, lo que le hizo doblar las rodillas de modo que se deslizó por la pared como si fuera a sentarse. Esta maniobra por parte de Thibault parecía ser exactamente lo que el individuo que se servía de él como escalera deseaba que hiciera, pues ya no podemos ocultar el hecho de que el peso así sentido era el de un hombre.
Mientras Thibault hacía su genuflexión forzada, el hombre también descendió;
—¡Así se hace, l’Eveillé! ¡Así se hace! —dijo—. ¡Eso es!
y con esta última palabra, saltó al suelo, mientras por encima de ellos se oía el ruido de una ventana al cerrarse.
Thibault tuvo la sensatez de comprender dos cosas:
- primero, que lo habían confundido con alguien llamado l'Eveillé, quien probablemente dormía en alguna parte del recinto;
- segundo, que sus espaldas acababan de servir a algún amante como escalera para trepar;
ambas cosas le causaron a Thibault un indefinido sentimiento de humillación.
En consecuencia, se agarró mecánicamente a algún trozo de tela flotante que tomó por la capa del amante y, con la obstinación de un borracho, siguió aferrado a él.
—¿Para qué haces eso, granuja? —preguntó una voz que al zapatero no le parecía del todo desconocida—. Cualquiera diría que tienes miedo de perderme.