Cuando la construcción de la cabaña, que constaba de una habitación, acogedoramente cerrada, donde podía trabajar durante el invierno, y de un cobertizo, abierto al aire, donde podía trabajar en el verano, estuvo terminada, Thibault empezó a pensar en hacerse una cama.
Al principio, un lecho de helechos tuvo que servir para este propósito; pero después de haber hecho un centenar de pares de zuecos de madera y habérselos vendido a Bedeau, que tenía una tienda de ultramarinos en Villers-Cotterets, pudo pagar un depósito suficiente para conseguir un colchón, que debía quedar pagado por completo al cabo de tres meses.
El armazón de la cama no fue difícil de hacer; Thibault no era el zapatero que era sin ser un poco carpintero además, y cuando este estuvo terminado, trenzó mimbre para que hiciera las veces de lona, colocó el colchón encima y se vio por fin con una cama en la que acostarse.
Poco a poco vinieron las sábanas, y luego a su vez las colchas; la siguiente compra fue un hornillo portátil, y cazuelas de barro para cocinar, y por fin unos platos y fuentes.
Antes de que terminara el año, Thibault también había añadido a sus muebles un hermoso arcón de roble y un hermoso armario de nogal, ambos, al igual que la cama, obra de sus propias manos.
Todo el tiempo llevaba un negocio boyante, pues nadie superaba a Thibault convirtiendo un bloque de haya en un par de zapatos, y transformando las virutas sobrantes en cucharas, saleros y coquetos cuenquecitos.
Llevaba ya tres años instalado en su taller, es decir, desde su regreso tras completar su viaje de inmersión por Francia, y no había nada que se