"—¿Y creéis que los amores y las amistades de los ricos valen un ardite más que los de los pobres?
A veces, cuando he estado queriendo y acariciando a mi abuela, señor Thibault, y ella me toma en su regazo y me aprieta entre sus pobres, débiles y temblorosas brazos, y arrima su querido y arrugado rostro al mío, y siento mi mejilla mojada por las amorosas lágrimas que derrama, comienzo a llorar yo mismo, y os aseguro, señor Thibault, que tan suaves y dulces son mis lágrimas, que no hay mujer ni muchacha, ya sea reina o princesa, que jamás haya conocido, estoy seguro, ni aun en sus días más felices, una alegría tan real como la mía.
Y, sin embargo, no hay nadie en toda la comarca que sea tan desvalido como nosotros dos".
Thibault escuchaba lo que decía Agnelette sin contestar; su mente estaba ocupada por muchos pensamientos, pensamientos de esos en los que se indulge con ambición; pero sus sueños de ambición se veían perturbados por momentos por una pasajera sensación de depresión y desilusión.
Él, el hombre que había pasado horas enteras contemplando a las bellas y aristocráticas damas pertenecientes a la corte del duque de Orleans, mientras desfilaban arriba y abajo por la escalinata de entrada; que a menudo se habíapasado noches enteras mirando fijamente los ventanales ojivales del donjón de Vez, cuando todo el lugar estaba iluminado por alguna festividad, él, ese mismo hombre, se preguntaba ahora si lo que con tanta ambición había deseado poseer, una dama de alcurnia y una rica morada, valdría la pena, después de todo, tanto como un techo de paja y esta dulce y apacible muchacha llamada Agnelette.
Y era seguro que si esta querida y encantadora mujercita llegaba a ser suya, todos los condes y barones de la comarca le envidiarían a su vez.