para que lo bendigan.
—Os lo daré de todo corazón —respondió Thibault—, pero quiero verlo en vuestra bonita mano. Teníais razón al decir que os era demasiado grande, y hoy voy a ir a Villers-Cotterets, tomaremos la medida de vuestro dedo y haré que el señor Dugué, el orfebre de allí, nos lo ajuste.
La sonrisa volvió al rostro de Agnelette y sus lágrimas se secaron al instante. Ella tendió su manita; Thibault la tomó entre las suyas, le dio la vuelta y la miró, primero por el dorso y luego por la palma, y, inclinándose, la besó.