Por encima de su cabeza pudo oír el trote de los caballos, los ladridos de los perros que aún quedaban, los gritos de los hombres y, por encima de todos estos sonidos, dominando las demás voces, la del Barón que maldecía y renegaba.
Cuando el último perro hubo caído al agua, y fue arrastrado por la corriente como los demás, vio, gracias a un recodo del río, que los monteros bajaban por él, y convencido de que el barón, a quien reconoció a la cabeza de su comitiva de caza, solo hacía aquello con la intención de volver a subirlo, decidió no esperar a que eso ocurriera y salió de su escondite.
Ora nadando, ora saltando con agilidad de una roca a otra, a veces vadeando el agua, remontó el río hasta el extremo del soto de Crêne.
Seguro de haber tomado ya una considerable ventaja a sus enemigos, resolvió llegar a uno de los pueblos cercanos y correr entre las casas, con la certeza de que a ellos no se les ocurriría ir tras él allí. Pensó en Préciamont; si algún pueblo conocía bien, era ese; y además, en Préciamont, estaría cerca de Agnelette.
Sintió que aquel vecindario le infundiría un vigor renovado y le traería buena fortuna, y que la tierna imagen de la inocente muchacha influiría de algún modo en su destino. Así pues, se puso en marcha en esa dirección.
Eran las seis de la tarde; la caza había durado casi quince horas, y el lobo, los perros y los cazadores habían recorrido cincuenta leguas al menos. Cuando por fin, tras dar un rodeo por Manereux y Oigny, el lobo negro llegó a los linderos delbrezo por el camino de Ham, el sol ya empezaba a ocultarse, arrojando una luz deslumbrante sobre la llanura florida; las florecillas blancas y rosadas perfumaban la brisa que jugaba