grande, desconocido e inesperado se cernía sobre las cabezas de todos. Pero el barón no se dejaba intimidar fácilmente, desenvainó su espada por segunda vez e hizo un movimiento hacia Thibault. De nuevo se interpuso el bailío.
—¡Señor barón! ¡Señor barón! —dijo Thibault en voz baja—, esta es la segunda vez que habéis pasado, al menos en vuestro deseo, vuestra espada por mi cuerpo; ¡dos veces habéis sido, por tanto, un asesino en pensamiento! ¡Cuidaros! Se puede pecar de otras maneras además de pecar de obra.
«¡Mil demonios! —exclamó el barón, fuera de sí de ira—, ¡el bribón me está leciendo en realidad una lección de moral! Amigo mío, hace un momento querías ensartarlo como a una becada, permíteme darle un solo toque ligero, como el que da el matador al toro, y te respondo que no volverá a levantarse en mucho tiempo».
—Os lo suplico de rodillas, como un favor a vuestro humilde servidor, mi señor —respondió el Bailía—, que le dejéis marchar en paz; y dignaos recordar que, siendo mi huésped, no debe hacérsele daño ni agravio alguno en esta mi pobre casa.
—¡Que así sea! —respondió el barón—; volveré a encontrarlo. Corren todo tipo de malos rumores sobre él, y la caza furtiva no es el único mal que se cuenta de su persona; se le ha visto y reconocido recorriendo el bosque junto a una jauría de lobos, ¡y unos lobos asombrosamente mansos por añadidura. Es mi opinión que el bribón no siempre pasa sus medianoches en casa, sino que monta a horcajadas sobre una escoba más a menudo de lo que le conviene a un buen católico; el molinero de Croyolles se ha quejado de sus hechicerías.