Entonces Agnelette le contó cómo la había atacado el lobo, cómo Thibault la había rescatado de sus garras y lo que había pasado entre ellos después. Engoulevent escuchó con la mayor atención.
—Escucha —le dijo a Agnelette—, voy a llevarte a casa y a encerrarte bien con la abuela, para que no te suceda ningún daño; y luego iré a caballo a decirle a mi señor de Vez dónde se ha instalado Thibault.
—¡Oh!, ¡no, no! —exclamó Agnelette—, tendrías que cruzar el bosque a caballo, y quién sabe qué peligro podrías correr.
—Daré un rodeo —dijo Etienne—; puedo ir por Croyolles y Value en lugar de cruzar el bosque.
Agnelette suspiró y meneó la cabeza, pero no opuso más resistencia; sabía que Engoulevent no daría su brazo a torcer en este asunto, y reservaba sus fuerzas para renovar sus súplicas una vez que estuviera dentro.
Y, a decir verdad, el joven cazador consideraba tan solo que estaba cumpliendo con su deber, pues se había organizado una gran batida para el día siguiente en una parte del bosque situada al otro lado de aquel en que Agnelette se había encontrado con Thibault. Etienne, por lo tanto, tenía la obligación de ir sin demora a informar a su amo del paradero del Cabecilla de los lobos. No le quedaba demasiado tiempo de la noche para la tarea de reorganizar la batida del día siguiente.
Al acercarse a Préciamont, Agnelette, que llevaba un rato sin hablar, decidió que había acumulado durante su silencio un número suficiente de razones para justificarse en reanudar sus súplicas, lo cual hizo con aún más fervor del que había puesto en sus argumentos anteriores. Le recordó a Etienne que Thibault, por mucho que fuera un hombre lobo, lejos de hacerle daño, le había salvado la vida; y que, a fin de