detenía y volviendo a marchar cuando él lo hacía, solo soltando de vez en cuando un aullido como si convocara refuerzos.
Thibault no carecía del todo de inquietud en cuanto a estos aullidos ocasionales, y al poco tiempo advirtió otros dos puntos de luz brillante frente a él, que brillaban a intervalos a través de la oscuridad que se hacía cada vez más espesa.
Sosteniendo su bastón en alto y listo para golpear, avanzó hacia estas dos luces, que permanecían inmóviles, y al hacerlo, su pie pareció tropezar con algo que yacía cruzado en el sendero... era otro lobo.
Sin pararse a reflexionar si acaso no sería imprudente ahora atacar al primer lobo, Thibault dejó caer su garrote, propinándole al sujeto un golpe violento en la cabeza. El animal lanzó un aullido de dolor y luego, sacudiéndose las orejas como un perro al que su amo ha golpeado, comenzó a caminar de nuevo delante del zapatero.
Thibault se volvió entonces para ver qué había sido del primer lobo: todavía lo seguía, manteniéndole el paso. Volviendo a dirigir la vista hacia el frente, percibió ahora que un tercero caminaba a su lado por la derecha, y al volverse instintivamente hacia la izquierda, vio a un cuarto flanqueándolo también por ese lado. Antes de haber recorrido una milla, una docena de animales formaba un círculo a su alrededor. La situación era crítica, y Thibault era plenamente consciente de su gravedad. Al principio intentó cantar, esperando que el sonido de la voz humana espantase a los animales; pero el recurso fue en vano. Ni un solo animal se apartó de su lugar en el círculo, que estaba trazado con tanta exactitud como si lo hubiese hecho un compás. Luego pensó en trepar al primer árbol de frondosas hojas que encontrara y esperar allí a que aclarara el día; pero, tras pensarlo mejor,