Al fin, sin embargo, vencida en la lucha, se llegó a que la cabra fuera encerrada una vez más en su cobertizo, pero, a pesar de la abundante cena que Thibault le dejó, continuó lanzando los más lamentables gritos.
Perplejo y enfadado a la vez, el zapatero se levantó de nuevo de su cena y fue al cobertizo, abriendo esta vez la puerta con tanta precaución que la cabra no pudo escapar. Una vez dentro, comenzó a tantear con las manos por todos los rincones y recovecos para tratar de descubrir la causa de su alarma. De repente, sus dedos entraron en contacto con el pelaje cálido y espeso de algún otro animal. Thibault no era un cobarde, ni mucho menos; aun así, retrocedió apresuradamente.
Regresó a la casa y trajo una luz, pero esta casi se le cae de las manos cuando, al volver a entrar en el cobertizo, reconoció en el animal que tanto había asustado a la cabra al macho montés del señor de Vez; el mismo macho al que había seguido, al que no había podido matar, por el que había rezado en nombre del diablo, ya que no podía tenerlo en el de Dios; el mismo que había despistado a los perros; el mismísimo, en resumen, que le había costado tan duros golpes.
Thibault, tras cerciorarse de que la puerta estaba bien cerrada, se acercó con suavidad al animal; el pobre ser estaba tan cansado o era tan manso que no hizo el menor intento de moverse, limitándose a mirar a Thibault con sus grandes ojos oscuros y aterciopelados, más conmovedores que nunca por el miedo que lo agitaba.
“Debo de haber dejado la puerta abierta —murmuró el zapatero para sus adentros—, y la criatura, sin saber dónde esconderse, habrá venido a refugiarse aquí”. Pero, pensando mejor en el asunto, le vino a la memoria que, cuando había ido a abrir la puerta, diez minutos antes, por primera vez, se había encontrado el cerrojo de madera tan firmemente metido en la argolla que había tenido que buscar una piedra para golpearlo y echarlo atrás; y