El señor de Vauparfond
Thibault, al llegar al Dauphin d’Or, se encargó la mejor cena que pudo imaginar. Le habría sido muy fácil reservar un reservado, pero así no habría disfrutado de esa sensación personal de superioridad. Deseaba que la compañía de los comensales corrientes le vieran comer su pularda y su anguila en su delicada salsa. Deseaba que los demás bebedores le envidiaran sus tres vinos diferentes, servidos en tres copas de distinta forma. Deseaba que todo el mundo le oyera dar sus órdenes con voz altanera, escuchar el tintineo de su dinero.
Al dar su primera orden, un hombre con abrigo gris, sentado en el rincón más oscuro de la habitación con media botella de vino ante sí, se dio la vuelta, como si reconociera una voz que le era familiar. Y, según resultó, este era uno de los conocidos de Thibault—apenas es necesario añadir que se trataba de un conocido de taberna.
Thibault, como ya había dejado de hacer zapatos de día y, en su lugar, tenía a sus lobos rondando por la noche, había hecho muchas semejantes amistades. Al ver que era Thibault, el otro hombre apartó la cara rápidamente, mas no con tanta rapidez como para que Thibault no tuviera tiempo de reconocer a Auguste François Levasseur, ayuda de cámara de Raoul, el señor de Vauparfond.
—¡Eh, hola! ¡François! —exclamó Thibault—, ¿qué haces ahí sentado en el rincón, enfurruñado como un fraile en Cuaresma, en vez de cenar abiertamente y con alegría como lo hago yo, a la vista de todo el mundo?