Esta es, pues, la manera en que el socialismo «científico» lleva a los trabajadores poco reflexivos a creer que el Estado contemplado sería la institución más perfecta bajo el cielo, repleta de innumerables bendiciones y libre de todo mal.
A menudo sucede que los revolucionarios deslumbran los ojos de los fatigados con los vívidos cuadros que pintan de las intolerables condiciones civiles y económicas, ya sean verdaderas, falsas o imaginarias.
El resultado es que la pobre gente medita frecuentemente sobre los agravios de los que casualmente padece. Se sienten tan profundamente descontentos y cegados por el odio de clases que ya no son capaces de ver la ventaja de reformar el sistema actual mediante métodos constitucionales y legales.
Finalmente, cuando casi han perdido la razón y ya no pueden comprender que nunca se ha demostrado que la droga que se les ofrece sea capaz de remediar los males que pesan pesadamente sobre ellos, aceptan y tragan la dosis venenosa del socialismo y se vuelven mil veces más desgraciados de lo que eran antes.
La pocisión misma que beben, con miras a ser curados, los hace infelices para el resto de sus vidas y, en muchos casos, por toda la eternidad. Si hay algo contra lo cual los no socialistas deben ponerse en guardia, es esta baja forma de táctica mediante la cual los revolucionarios han tenido un éxito eminente en la obtención de nuevos reclutas.
Si aquellos cuyo emblema partidario es una antorcha encendida pudieran demostrar incluso que todo, sin excepción, en el sistema industrial actual es digno de condenación, y que todo el gobierno está corrupto hasta la médula, de ello no se seguiría más que el socialismo era el remedio de lo que se seguiría que la solución de un problema matemático debe ser correcta porque otra solución de índole completamente distinta estaba equivocada, o que todos los huevos de una caja deben ser buenos porque había algunos en una segunda caja que no servían para el consumo.