Así pues, ya fuera que la política de disimulo de Berger prevaleciera —y su matanza indiscriminada de contribuyentes con el hacha del Comité Ejecutivo les había demostrado a todos los que se le oponían lo que podían esperar—, seguía siendo cierto que la identificación con los principios y tácticas bolcheviques de Lenin y Trotsky era lo que los actuales miembros del Partido Socialista en América «habían profesado y en lo que habían creído durante los pasados años críticos» y estaba en consonancia con «todas» sus «declaraciones oficiales», sus «reuniones» y su «literatura».
La ingratitud fundamental de Berger hacia aquellos que lo han seguido y apoyado; la grosera e increíble crueldad de su egoísmo al volverse para destrozar a quienes había convertido en discípulos y revolucionarios en el momento en que su lealtad a los principios que les enseñó se interpuso en el camino de su cobardía y su ambición; su insensibilidad de carnicero al convertir la Constitución de su partido en «un trozo de papel» y al partido en un matadero para la soga y el hacha contra dos tercios de sus «camaradas»; su descaro grotesco al posar en la convención como un defensor de la ley y el orden, arremetiendo contra sus propias víctimas tachándolas de «anarquistas»: estas pinceladas pintan el