pidiendo venganza, no obstante es absurdo sostener que los salarios deban aumentarse tanto como para no dejar nada a los capitalistas. Pues, en primer lugar, si los trabajadores disfrutaran de todas las ganancias de sus empresas o industrias, todos los propietarios pronto se quedarían en bancarrota y fracasarían, y, en las conmociones debidas al desempleo y a la imposibilidad de proveer las necesidades de la vida, el sistema actual de nuestro Gobierno caería ciertamente presa de la revolución, los socialistas llegarían al poder y entonces sobrevendrían los terribles disturbios expuestos en el Capítulo XVII, «El socialismo, un peligro para los obreros».
No tenemos absolutamente ninguna defensa que ofrecer a los capitalistas deshonestos, pero sostenemos que los capitalistas honestos tienen derecho a una participación razonable en las ganancias derivadas de sus inversiones. Pues, en primer lugar, de no ser por el capital en posesión de los capitalistas honestos, millones de trabajadores se verían gravemente obstaculizados para ganarse la vida.