"La aristocracia gubernamental tiene sus botas incrustadas en el Kremlin, esa antigua ciudadela de Moscú... En la Rusia soviética de hoy se habla del Kremlin como se hablaba de Versalles en los magníficos días de Luis XIV... Solo los comisarios del pueblo más eminentes y unas pocas estrellas soviéticas de primera magnitud están domiciliados allí, en los grandiosos palacios que antaño albergaron a las figuras más famosas de la historia moscovita. Protegidos tras numerosas barreras de bayonetas y ametralladoras, los jefes bolcheviques han hecho de este nido bárbaramente suntuoso de autocracia oriental el palpitante centro neurálgico de la revolución mundial... Y de sus ceñudas puertas salen a raudales en sus limusinas de gran potencia para atender asuntos de Estado, tal como los zares en su día salían a supervisar la administración de su colosal herencia. La alta sociedad del bolchevismo está en el Kremlin. Las luces menores de la aristocracia bolchevique deben conformarse con aposentos en las «casas soviéticas», que eran los principales hoteles de la ciudad, y que ahora son viviendas nacionalizadas reservadas para destacados funcionarios soviéticos. Estos edificios, al igual que el Kremlin, están mejor calefaccionados y generalmente mejor atendidos que la mayoría de los demás domicilios, y la comida que se sirve en ellos es ligeramente más abundante. Centinelas montan guardia en las puertas para impedir la entrada de visitantes no autorizados... El hecho de que algunos individuos vayan a la ópera en limusinas mientras el resto camina produce necesariamente división de clases. Ya existe un término de jerga para los primeros: la burguesía proletaria, los llaman."
El lector observador también habrá deducido del fragmento recién citado que,