De hecho, estarían mucho peor. Un mundo generoso envió provisiones a los san franciscanos y pronto les ayudó a superar sus dificultades. Pero el nuevo Estado socialista sería atacado desde dentro y desde fuera, por ciudadanos que esperarían destruir la odiada forma de gobierno y por naciones extranjeras que temerían la propagación de la anarquía, tal como Estados Unidos, Inglaterra y Francia bloquearon a la Rusia socialista, causando innumerables problemas al gobierno bolchevique.
En medio de apuros como estos, los inespertos agitadores marxistas deben intentar resolver diez mil veces diez mil problemas que exigen suma destreza y años de cuidadosa reflexión.
¿No daría esto lugar a un descontento generalizado? ¿O acaso los ciudadanos de los Estados Unidos, a quienes justo antes del alba del socialismo Debs y su caterva les habían enseñado a ponerle peros a todo lo divino y lo humano, aprenderían de repente a tener paciencia y se quedarían mansos como corderos simplemente porque los socialistas habían izado la bandera roja en lugar de la Star Spangled Banner?
Apenas tomarían el control de Washington los socialistas todopoderosos, cuando los esfuerzos del nuevo Estado por resolver las graves dificultades que se le presentaban provocarían tanto descontento y conflicto que amenazarían seriamente, si no es que pondrían fin de verdad, a la existencia misma del nuevo gobierno.
Pues, ante todo, el pueblo tendría que determinar si la inmensa cantidad de propietarios, cuyos bienes debían ser confiscados por el Estado, recibirían un pago completo, un pago parcial o ningún pago en absoluto.
El famoso socialista belga, Vandervelde, nos informa que podemos agrupar en tres categorías los planes de socialización propuestos por diferentes escuelas, según aspiren a la expropiación de los medios de