decisivamente a prevenir innumerables crímenes y pecados de los que la raza humana habría sufrido. No solo ha enseñado al pueblo las virtudes de la caridad, la justicia, la templanza, la humildad, la generosidad, la pureza, la mansedumbre y el perdón a los enemigos, y ha sido fuente de inmenso consuelo para los pobres y oprimidos, los enfermos y los heridos, sino que ha confortado a millones de moribundos que, al comprender que no les quedaban alegrías terrenales, cobraron esperanza y alegría ante la perspectiva de una recompensa eterna en el cielo.
Es esta gloriosa institución, pues, fundada por Dios Todopoderoso mismo, la que los socialistas odian con todo su corazón y desearían destruir para siempre, porque impide la propagación de sus doctrinas revolucionarias al enseñar el respeto por la ley, el orden y la autoridad, y al exponer ante todo el mundo los engaños, fraudes y promesas vanas de los conspiradores contra la religión.