En la Francia, Inglaterra o Alemania en tiempos de guerra, ningún hombre podía conseguir por amor al arte ni por dinero más que un máximo especificado de alimentos, combustible o artículos para el hogar. En la Rusia revolucionaria en tiempos de guerra, gobernada por una dictadura comunista, cualquier hombre con suficientes billetes de mil rublos puede comprar toda la comida y el calor que desee. Durante toda la guerra, los habitantes de Londres, París o Berlín afectados por las condiciones bélicas (y eso significaba prácticamente todo el mundo) fueron eximidos de pagar alquiler mediante una moratoria. Los residentes de Moscú y Petrogrado aún están obligados a pagar el alquiler y a un precio mayor que en los días anteriores a la guerra. Estos dos hechos incontrovertibles son la prueba de que un bolchevique todopoderoso en el Gobierno comunista ha instalado en dos años una menor medida de comunismo en la práctica real de la que existía en los países europeos beligerantes durante los años de guerra. A mi parecer, esta es una de las más severas, aunque de las más rara vez mencionadas, acusaciones contra el vasto programa comunista de los bolcheviques, puesto que revela su impotencia para alcanzar su objetivo inicial: la abolición de las clases.
En segundo lugar, no solo se ha fracasado en destruir el capitalismo y en igualar las posesiones, sino que han surgido nuevas distinciones de clase y «nuevas aristocracias». Citamos a Eyre sobre este punto del mismo número del «World», del 28 de febrero de 1920: