Y Tomás, hijo de Diófanes, le dijo:
«Maestro, ya está oscuro y ya no podemos ver el camino. Si está en tu voluntad, condúcenos a las luces de aquella aldea para que podamos hallar comida y refugio».
Y Jesús respondió a Tomás, y le dijo:
«Os he guiado a las alturas cuando teníais hambre, y os he llevado a los llanos con un hambre mayor. Pero no puedo quedarme con vosotros esta noche. Debo estar solo».
Entonces Simón Pedro dio un paso al frente y dijo:
“Maestro, no nos permitas ir solos en la oscuridad. Concédenos permanecer contigo aun aquí en este desvío. La noche y las sombras de la noche no se detendrán, y pronto nos encontrará la mañana si tan solo te quedas con nosotros”.
Y Jesús respondió:
“Esta noche los zorros tendrán sus madrigueras, y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde sobre la tierra apoyar su cabeza. Y en verdad ahora quiero estar solo. Si me deseáis, me encontraréis de nuevo junto al lago donde os encontré”.
Luego nos alejamos de Él con el corazón pesado, pues no estaba en nuestra voluntad dejarlo.
Muchas veces nos detuvimos y volvimos el rostro hacia Él, y lo vimos en solitaria majestad, avanzando hacia el oeste.
El único hombre entre nosotros que no se volvió para contemplarle en Su soledad fue Judas Iscariote.