Asombró a la fiebre con su tacto semejante a la nieve y esta retrocedió; y sorprendió a los miembros endurecidos con su propia calma y ellos le rindieron y quedaron en paz.
Él conocía la savia menguante bajo la corteza surcada—pero cómo llegó hasta la savia con Sus dedos no lo sé. Él conocía el acero sano bajo el óxido—pero cómo liberó la espada y la hizo brillar nadie puede decirlo.
A veces me parece que Él oyó el dolor murmurante de todas las cosas que crecen bajo el sol, y que entonces las levantó y las sostuvo, no solo con Su propio conocimiento, sino también revelándoles su propio poder para levantarse y sanar.
Aun así, Él no se preocupaba mucho por Sí mismo en calidad de médico. Estaba más ocupado con la religión y la política de esta tierra. Y esto lo lamento, porque lo primero de todo es que debemos estar sanos de cuerpo.
Pero estos sirios, cuando les visita una enfermedad, buscan un argumento antes que una medicina.
Y lástima es que el mayor de todos sus médicos prefiriera ser tan solo un hacedor de discursos en la plaza del mercado.