Y nos contaba historias y parábolas, y su voz nos encantaba de tal modo que le mirábamos como si viéramos visiones, y nos olvidábamos de la copa y del plato.
Y mientras le escuchaba, me parecía estar en una tierra distante y desconocida.
Al cabo de un rato, uno de los invitados le dijo al padre de mi novio:
“Has reservado el mejor vino hasta el final del banquete. Los demás anfitriones no lo hacen así”.
Y todos creían que Jesús había obrado un milagro, para que tuvieran más vino y mejor al final del banquete de bodas que al principio.
También yo creía que Jesús había servido el vino, pero no me extrañé; porque en Su voz ya había escuchado milagros.
Y después de aquello, verdaderamente, su voz permaneció cerca de mi corazón, incluso hasta que di a luz a mi primogénito.
Y ahora, incluso hasta el día de hoy en nuestra aldea y en las aldeas vecinas, aún se recuerda la palabra de nuestro huésped. Y dicen:
«El espíritu de Jesús de Nazaret es el vino mejor y más antiguo».