Entonces Simón Pedro se levantó y dijo:
«¿Cómo he de permitir que mi Maestro y mi Señor me laven los pies?»
Y Jesús respondió: “Les lavaré los pies para que recuerden que el que sirve a los hombres será el mayor entre los hombres.”
Luego nos miró a cada uno de nosotros y dijo:
“El Hijo del Hombre que os ha escogido por hermanos suyos, Aquel cuyos pies fueron ungidos ayer con mirra de Arabia y secados con los cabellos de una mujer, desea ahora lavar vuestros pies”.
Y tomó la jofaina y la jarra y se arrodilló y lavó nuestros pies, comenzando por Judas Iscariote.
Entonces Él se sentó con nosotros a la mesa; y su rostro era como el alba que se levanta sobre un campo de batalla tras una noche de lucha y derramamiento de sangre.
Y el posadero vino con su mujer, trayendo comida y vino.
Y aunque había tenido hambre antes de que Jesús se arrodillara a mis pies, ahora no tenía estómago para la comida. Y había una llama en mi garganta que no quería apagar con vino.
Entonces Jesús tomó un pan y nos lo dio, diciendo:
«Quizá no volvamos a partir el pan. Comamos este bocado en memoria de nuestros días en Galilea».
Y Él vertió vino de la jarra en una copa y bebió, y nos dio, y dijo: