Mi abuelo, que era abogado, dijo una vez: “Observémos la verdad, mas solo cuando la verdad nos sea manifestada”.
Cuando Jesús me llamó lo seguí, pues su mandato era más potente que mi voluntad; sin embargo, guardé silencio.
Cuando Él hablaba y los demás se mecían como ramas al viento, yo escuchaba inmóvil. Aun así, lo amaba.
Hace tres años Él nos dejó, una compañía dispersa para cantar Su nombre y ser Sus testigos ante las naciones.
Por aquel entonces me llamaban Tomás el Incrédulo. La sombra de mi abuelo aún se proyectaba sobre mí, y siempre exigía que la verdad se manifestara de forma evidente.
Incluso metería la mano en mi propia herida para sentir la sangre antes de creer en mi dolor.
Ahora bien, un hombre que ama con el corazón, pero alberga una duda en su mente, no es más que un esclavo en una galera que duerme en su banco y sueña con su libertad, hasta que el látigo del amo lo despierta.
Yo mismo fui ese esclavo, y soñé con la libertad, pero el sueño de mi abuelo pesaba sobre mí. Mi carne necesitaba el látigo de su propio día.
Aun en presencia del Nazareno había cerrado los ojos para ver mis manos encadenadas al remo.
La duda es un dolor demasiado solitario para saber que la fe es su hermano gemelo.